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Se avecinan tormentas, al parecer siempre se avecinan tormentas en la secuencia de la vida.

Al parecer, si no fuera por los medidos lapsos de plenitud, lo que queda sería un reality divertidísimo de lucha por la sobrevivencia, en el cual el que dura más es tan sólo el más viejo, el que sobresale será el más recordado; el héroe o el el anti-héroe, los invencibles.

Entonces, andamos etiquetados, correteando por las calles con nuestro papelito de color, ahí nos auto-anunciamos cómo empezar nuestros caminos, cómo debemos vivirlos y finalmente cómo sentenciarnos hasta alcanzarlos. Terminamos conviertiéndonos en cualquier lácteo, vitualla o conserva de supermercado, buscando no quedar vencido y evadir cualquier tormenta, cualquier salida por la tangente que podría desestabilizar un ciclo mil veces girado.

la cena de los carnívales


(sobre la convivencia social en tiempos de carnaval)

Cuando los carnívales llegan, arrasan con los menús de los restaurantes. Los periódicos vuelan por los aires y se preguntan seguido la noticia del momento. Un culebrón mexicano ronda sus carnes y los aromas se penetran en una lucha inmóvil.
Abren las bocas y les rebotan en el rostro los globazos, acuciantes envoltorios de condimento rondan, intermitentes movimientos los detienen, luego caminan como si la maleza de alrededor fuera tras otros.
La noticia del momento se llama: mordiscos. Cuando caen en cuenta de la temporada, embalsaman sus cuerpos, terminan sólo con aromas, se comen y lento, se degluten, luego pestañean eliminando con un mondadientes lo que queda. Finalmente, la noticia del momento se va con una servilleta.
Los carnívales fastidian al destino, buscan soles durante la noche, joden al destino y sus paralelos como si fueran ellos mismos, así de fácil, como jugar ruletas con manos ajenas, se chupan cada dedo satisfechos, chocan vasos se zarandean con las bandas.
Luego de verse y removerse de todo lado, sus aristas chocan, entonces, ni siquiera el agua puede ablandar esa piel, avanzan (im)prudentes, limitados de espacio, con cara de saciedad, apenas y se miran antes de devorarse.

noche todo el día



Sin temor a extraviar la ropa me bordaré encima/ estrellas de una noche cualquiera/ frente a un escenario me plantaré/ cualquiera/ inmensos en un camino/ mis vestidos olvidarás/ ondularán en el viento/ en la pampita desprotegida saltando sobre bicicletas de borrachos / pajarracos te detestan por todo el mundo / los ecos ni te conocen y ya te detestan /estrellas extraviadas parpadean en la noche / picotean mis manos /pajarracos despelucados llenos de agua y sed /yo también te detesto / tal vez dormitemos / será /esa noche será todo el día.

las chicas tímidas

Las chicas tímidas suelen llenar sus bolsos de canciones pasadas, cuentas borradas y sobretodo cosas olvidadas. No les gusta cocinar, pasan los días largos y cortos mezclandolos con acontecimientos y estancamientos, repasan sus melodías y duermen.

Las muchachas tímidas se envuelven el cuello con bufandas y esconden la cabeza cuando nadie se da cuenta, meditan bajo la ropa y salen con el rostro enrojecido por el calor, extienden las manos y dejan caer pétalos que han estado ocultos todo el día. Los días eternos conviven con pimienta y sal en los puños, a veces huelen a especias y suspiran hasta estornudar.

Las doñitas timidas tampoco cocinan, esperan los días que pasan largos y cortos, todos ellos mezclados con los tacones y tacitas de té llenas de superficialidad y evación fácil de todo, o casi todo, llevan botones por toda la ropa y sujetan a su cuerpo todos los pendientes del día, cuando llega la noches dispersan sus dudas, besan cuanto ven y duermen.

Las niñas tímidas se desnudan en las plazas principales y besan a cada desconocido, corren en círculo y entierran los ojos en si mismas, se embarran de besos, suspiran muy suavemente, atacan los cuellos, se callan y casi detienen la respiración por completo, no se atreven a nada más, no vaya a ser que alguien las quiera detener.

corpo sano, cuore sano




Una cuerda floja colgaba de un cabello, alfileres enroscados al cabello estaban clavados a una ínclida pared, cuando caí en cuenta… pues había caído por una quebrada, de todas las formas salían los lamentos, a la fuerza se fueron rompiendo mis aristas, figuras más sanas y compatibles se volvieron como seda simplemente y, simplemente resbalé, parada en el fondo sólo sentí un dolor en el estómago y sólo pude abrir un ojo. Y con un suspiro me absorviste, haz comprado un día que se había dado por vencido, te dije, cuando me llevaste a tu cuerda.